Una bestia para entender la envidia y el mal de ojo
¿Qué es envidiar sino mirar mal?»
— Bernardo de Claraval
Dentro de todo el imaginario mitológico esculpido en la piedra de los templos y dibujado en los márgenes de los bestiarios medievales, la figura del basilisco es, quizá, una de las más apasionantes. Pocas criaturas han recorrido un camino tan largo: de los textos griegos más antiguos a los capiteles románicos, de los tratados de historia natural a las crónicas que, todavía en pleno siglo XVIII, juraban haberlo visto.
Tan importante es conocer sus remotos orígenes como rastrear los atributos que se le han ido sumando siglo tras siglo, pues esta bestia de tamaño diminuto y naturaleza voraz, todavía sigue viva entre nosotros. Ante su enigmática existencia, cabe preguntarse: ¿qué mensaje tan importante había que advertir para que una criatura híbrida —mitad gallo, mitad serpiente— acabara esculpida en la piedra de tantos templos por toda Europa? Ningún cantero tallaba un monstruo sin motivo.
El origen de la bestia
El testimonio más antiguo que se conserva se remonta al siglo V antes de Cristo, de la mano del filósofo griego Demócrito. En su versión, el basilisco habitaba en Cirene, una polis griega situada en el territorio que hoy conocemos como Libia. Por aquel entonces, esta criatura ya tenía a la mangosta como enemigo natural, siendo ésta el único animal capaz de matarla a través de un veneno que exhala. Decía Plinio el Viejo, escritor militar romano que describe con precisión al basilisco en el siglo I de nuestra era, que hay que meter a las mangostas en las madrigueras de los basiliscos y que estos lugares son fácilmente reconocibles por la pestilencia que desprenden -un dato curioso que cobrará sentido a medida que profundicemos en esta figura mitológica-.
Desde esta lejanía temporal saltamos al siglo VII, junto al obispo Isidoro de Sevilla, quien describe de nuevo a esta criatura otorgándole su lugar en el marco del catolicismo. Atravesando unas cuantas centurias más, nos situamos ahora en el siglo XIII junto a dos autores casi simultáneos: el filósofo y teólogo inglés Alexander Neckam (1157–1217) y Pierre de Beauvais, un clérigo y escritor francés de finales del siglo XII y comienzos del XIII, conocido por redactar uno de los bestiarios medievales más influyentes en lengua francesa, en el que interpretó las cualidades de los animales desde una perspectiva moral y cristiana. Ambos definieron el origen del basilisco, indicando que el animal procede de un huevo sin yema que un gallo pone a los siete años, escondido en el estiércol e incubado por un sapo.
Pero, ¿qué es realmente un basilisco?
En los bestiarios medievales se le describe como un pequeño monstruo con cabeza, cuello y patas de gallo, cuerpo y cola de serpiente, y una cresta que a veces se dibuja como una diadema de manchas blancas sobre la cabeza. De ahí proviene su nombre —del griego basileus, «rey»— y su título de regulus, «pequeño rey», con el que lo bautizaron los latinos. En Inglaterra y Francia se le llamó cockatrice, «gallo atroz».
En lo que respecta a su color, los textos indican que es amarillento o dorado. Destacan sus ojos, que recuerdan a los de un sapo, y, a diferencia del resto de serpientes, que se desplazan reptando con todo el cuerpo, Plinio el Viejo, quien recogió esta y otras criaturas en su Historia Natural, deja constancia de que el basilisco avanza erguido sobre la mitad trasera de su cuerpo, casi caminando.
Las armas con las que un basilisco puede matarte
El basilisco dispone de cuatro armas para matar: la mirada, el aliento, el silbido y el contacto. Plinio así lo menciona —el basilisco mata indistintamente por el aliento, la ojeada o el simple contacto—, añadiendo, además, un detalle que ha quedado como una de las imágenes más citadas de todo el mito: si un jinete lo atravesaba con su lanza desde el caballo, el veneno ascendía por el asta y mataba al mismo tiempo al animal y al caballero. Y así lo recreó el poeta romano Lucano (39–65 d. C.) en su única obra conservada llamada la Farsalia. En ella hay una escena en la que el soldado Murro muere envenenado por la lanza con la que acaba de herir a un basilisco.
Siguiendo con las referencias a los autores clásicos, cabe detenerse en Nicandro de Colofón, poeta y erudito griego del siglo II a. C., cuya obra Theriaca constituye una de las primeras descripciones literarias de animales venenosos. En ella describió el aliento del basilisco como un hedor tan terrible que ningún ave se atrevía a sobrevolar su cadáver, ni siquiera las águilas o los buitres. Su sola presencia bastaba para que otras serpientes, por temibles que fueran, huyeran despavoridas de su territorio.
Ahora bien, ese poder de destrucción que el basilisco ejerce sin necesidad de contacto tiene un límite muy preciso: esta bestia nunca actúa por sorpresa sobre quien ya lo ha detectado. Por este motivo, si ves al basilisco antes de que él te vea, tu suerte está a salvo.
Con todo lo expuesto, demos paso a conocer qué advertencia lleva dentro el basilisco y por qué es que todavía habita entre nosotros.
El basilisco, la envidia y el mal de ojo
Observando ese animal híbrido, con atributos de gallo y de serpiente, quizá nadie se planteé que el mal que alberga sea la envidia y que con ella sea capaz de destruir cualquier cosa a través de lo que comúnmente se conoce como el mal de ojo.
Hay, además, un dato que la tradición popular conserva y que resulta revelador: se dice que el basilisco mata también a las aves que vuelan por encima de él. Y no es un detalle menor, porque el basilisco, pese a su origen de gallo, no vuela. Es una criatura que vive agachada, pegada a la tierra —recordemos que ni siquiera repta como el resto de serpientes, sino que avanza erguido sobre la mitad trasera de su cuerpo, a medio camino entre el suelo y el vuelo que nunca alcanza—. Todo lo que pasa por encima de su cabeza le recuerda, sin remedio, aquello que no puede tener. Y quizá ahí resida el germen de su furia: no soporta ver a otro elevarse —con éxito, con reconocimiento, con una vida que parece más lograda que la suya. ¿Será, después de todo, que detrás de cada basilisco se esconde, simplemente, un complejo de inferioridad?
Bernardo de Claraval (1090–1153), monje cisterciense, teólogo y una de las figuras espirituales más influyentes de la Europa medieval, fue quien dejó escrita una de las definiciones más certeras de la envidia: “¿Qué es envidiar sino mirar mal?”. Y la envidia, ese pecado capital que vive camuflado en el interior del ser humano, se muestra de distintas formas que vienen a coincidir, casi con exactitud, con las armas ya citadas con las que actúa el basilisco. Veámoslas pues:
El aliento, en primer lugar, puede interpretarse como esas palabras que salen de la boca sin que medie el pensamiento: el comentario mal intencionado, la burla disfrazada de broma, el halago que en realidad esconde un reproche… Como el basilisco, que mata sin necesidad de tocar a su víctima, la envidia transmitida mediante la palabra rara vez se presenta como ataque directo; pues más bien se filtra en el aire de la conversación y actúa despacio, casi sin que el que la respira se percate del daño hasta un tiempo después.
El silbido, por su parte, remite a un registro distinto: el de la murmuración, la habladuría o incluso la difamación, información, veraz o no, que corre de oído en oído sin firma ni autor. Es la envidia que no se atreve a mostrarse de frente, la que necesita del rumor y de la sombra para propagarse, del mismo modo en que el silbido del basilisco es capaz de matar sin ser necesario que se haya mostrado todavía el cuerpo de la bestia.
En tercer lugar, la mirada. Ésta es el arma más silenciosa y, quizá, la más impactante de todas, pues una mirada puede desestabilizar a cualquier persona, en cualquier momento y lugar. Es la que San Bernardo señalaba al hablar de “mirar mal”, esa forma de observar lo ajeno —el éxito, la belleza, la fortuna del otro o simplemente la forma de ser y estar— no para reconocerlo, sino para medirlo contra la propia carencia. Si el aliento envenena con palabras y el silbido con rumores, la mirada envidiosa envenena en silencio, sin necesidad de palabra alguna, exactamente igual que el basilisco, capaz de matar con solo posar los ojos sobre su víctima.
Por último, el contacto, el paso de la envidia silenciosa al ataque más directo: el físico. Y aquí conviene recuperar aquel dato que Plinio dejó apuntado casi de pasada, cuando advertía que las madrigueras del basilisco se reconocen por la pestilencia que desprenden. El contacto, trasladado a nuestros días, no siempre es un gesto puntual, pues a veces es la simple cercanía, sostenida en el tiempo, con quien arrastra su propia envidia sin resolver. Y esa cercanía, como la pestilencia de la madriguera, termina filtrándose en quien la respira. Esto es interesante en tanto que es ese desgaste de lidiar una y otra vez con los conflictos ajenos que nacen de la envidia el que acaba, tarde o temprano, por contagiar también a quien, hasta entonces, se mantenía a salvo.
Con todo esto, tenemos un panorama bastante completo para interpretar lo que es la envidia y la forma en la que esta emoción, de gran capacidad destructiva, se ha representado en algunos templos cristianos construidos en el medievo. A la persona que envidia le basta con observar lo ajeno y sentir ahí una falta propia, sin saber, a veces, cuán destructor puede ser ese pensamiento que ha adquirido forma de basilisco. Si tenemos claro que esta pequeña bestia se compara al mirar y que esa comparación en forma de mirada torcida es la que envenena, la duda sobre lo que es el mal de ojo debería quedar resuelta.
Con esto claro, conviene detenerse también en el origen de la bestia, porque ahí puede estar la clave de todo lo demás. Si tenemos en cuenta que el basilisco nace de un huevo puesto por un gallo —es decir, de algo inusualmente antinatural, sin madre, y escondido en el mismísimo estiércol— y que luego es incubado no por quien lo engendra, sino por otra especie, en concreto un sapo, es difícil no leer en ello una historia de vida que se inicia en un entorno hostil. Por cuestión del tema elegido y para no alargar demasiado este artículo, no profundizaremos en la importancia que tiene la infancia, y el modo en que se nos cría, en el desarrollo de emociones destructivas como la envidia. Pero sí merece la pena detenerse, aunque sea brevemente, en la influencia que tiene el entorno en el que crecemos: así como el basilisco nace ya rodeado de estiércol, ajeno al cuidado de quien lo engendra, tampoco es casual que ciertas emociones florezcan con más fuerza allí donde faltó un entorno que las contuviera a tiempo.
Las tres formas de vencer al basilisco
Llegados a este punto, y habiendo comprendido el trígono basilisco, envidia y mal de ojo, toca conocer las formas posibles de vencer a esta pequeña bestia.
Comenzando por la citada mangosta, que ya mencionaba Demócrito como único enemigo natural del basilisco, este animal no lo vence por ser más fuerte, sino por conocer su mismo veneno y saber convertirlo en antídoto. No lo combate desde fuera, como haría un depredador cualquiera; lo neutraliza desde dentro, con sus mismas armas, pero puestas al servicio contrario.
Tengamos en cuenta que la naturaleza no creó nada sin su opuesto, y si el basilisco representa a la envidia en su forma más destructiva, la mangosta bien podría representar aquello que la desactiva. No se trata de otra envidia enfrentada a la primera —dos personas envidiosas rara vez se curan la una a la otra, más bien se hieren por partida doble—, sino de algo mucho más sencillo y menos citado, el reconocimiento honesto de lo propio. Quien ha hecho las paces con su propia carencia deja de necesitar medir su valor en la vida ajena, y ese gesto, silencioso y poco vistoso, es el único veneno capaz de matar al basilisco sin que el jinete también caiga con él.
Por otra parte, encontramos un objeto capaz de matar al basilisco: se trata del espejo. En versiones posteriores del mito, este elemento, que obliga al monstruo a encontrarse consigo mismo, provoca que la sola visión del reflejo resulte letal. ¿Será entonces que quien reconoce su propia envidia frente al espejo es quien de verdad empieza a sanarla?
Falta, todavía, mencionar la última forma de vencer a esta pequeña y casi imperceptible bestia: adelantándose a su mirada. Como ya se ha dicho, el basilisco nunca actúa por sorpresa sobre quien ya lo ha detectado, de modo que verlo antes de que él te vea es, en sí mismo, la victoria. ¿Y qué quiere decir esto? Pues que si detectamos a una persona envidiosa, saberlo de antemano nos permite anticiparnos a lo que pueda ocurrir después. Nadie te asegura que su mirada no se volteé hacia ti en algún momento, por muy a salvo que creas que estás. Por eso, conociendo esta privilegiada información tienes en tu mano el poder de decisión: te alejas o te mantienes cerca aún sabiendo del veneno al que te expones.
El basilisco que llevamos dentro
Para terminar, queda la más incómoda de las interpretaciones, la que nos obliga a mirar hacia dentro. Ni el basilisco ni la envidia advierten solo de un peligro exterior, pues hablan, sobre todo, de ese veneno más difícil de sanar que suele ser el propio. En ocasiones, no somos conscientes de nuestros pensamientos ni de lo que proyectamos sobre los demás, al igual que tampoco lo somos de las emociones negativas que llegan a contaminar nuestra forma de relacionarnos con el mundo.
Si entendemos que las personas somos espejos, es decir, que somos capaces de ver en el otro lo que creemos que nos falta, entonces hemos logrado traducir una parte del mensaje que los canteros románicos tallaron en los templos de la época. La otra parte, la que de verdad completa la advertencia, tiene que ver con el reconocimiento de las propias emociones y con la conciencia sobre los actos que de ellas se derivan: no basta con saber que el basilisco habita dentro de nosotros, hace falta además aprender a mirarlo de frente.
Ahí resuena, tal vez, la verdadera naturaleza de la envidia: aquello que juzgamos con dureza en el otro suele ser, en el fondo, el reflejo de un vacío que nunca aprendimos a nombrar, mientras que la mirada envidiosa solo busca aliviar la herida de quien nunca se sintió suficiente.
Por eso el basilisco nunca terminó de desaparecer del todo. No porque siga habitando en los márgenes de los bestiarios o en la piedra de los templos, sino porque sigue habitando, de vez en cuando, en la forma en que cada uno de nosotros mira lo que el otro tiene. Y ante esa mirada, como ante la de la propia bestia, solo existe una defensa posible: verla antes de que ella nos vea, porque quien no reconoce a tiempo a su propio basilisco, termina, tarde o temprano, convertido en él.
BIBLIOGRAFÍA
Álvarez Peña, A. (2019). Mitoloxía galega. Editorial Picu Urriellu.
Bernárdez, C. L., & Mariño Ferro, X. R. (2004). Bestiario en pedra: Animais fabulosos na arte medieval galega. Edicións NigraTrea.
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